Tres profesores hablan de su difícil pero a la vez gratificante experiencia enseñando a presos y drogadictos y cómo mejorar la forma en la que las prisiones españolas los reeducan y les proveen con habilidades para poder integrarse de nuevo en la sociedad.
“Este trabajo no es obligatorio, es voluntario”, comenta María de los Ángeles Rodríguez Morilla sobre su trabajo de profesora en un centro de rehabilitación para drogadictos. “Al igual que los que enseñan en la cárcel, me encanta mi trabajo”.
Teresa Velasco, profesora en la cárcel Sevilla-1, opina lo mismo. “Como los demás profesores, podría trabajar en cualquier otro sitio, pero no quiero”.
Lo que les llevó a estas dos mujeres a hacer esos trabajos fue su aspecto humano. Tanto Mari Ángeles como Teresa disfrutan enseñando, pero lo que las motiva es la oportunidad de ayudar de verdad a personas que necesitan reformarse.
Como la ley española establece que ninguna persona puede permanecer en prisión más de 30 años sin tener en cuenta el crimen cometido, en algún momento todos los presos entrarán de nuevo en la sociedad. El propósito del sistema educativo dentro de las cárceles consiste en prepararlos para esta reinserción.
El Artículo 25.2 de la Constitución Española, aprobado en 1978, establece que “las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social” de los reclusos.
Esta reeducación incluye muy a menudo enseñar a los internos a leer y escribir. Mari Ángeles describe este analfabetismo como un causante de la marginación; añadiendo también que muchos adultos y personas mayores sienten vergüenza por su incapacidad para leer y escribir. La oportunidad de aprender dichas habilidades básicas mientras permanecen en la cárcel les da a los presos una segunda oportunidad para tener una nueva vida cuando sean libres.
Teresa ha trabajado 19 años como profesora en Sevilla-1, una cárcel de aproximadamente 1.500 internos. Enseña cultura general todos los días a dos grupos diferentes de alumnos de entre 19 y 60 años de edad. Los estudiantes necesitan inscribirse en las clases para que se les acepte, excluyendo a los de aislamiento. Los presos se sienten motivados ante la posibilidad de obtener el graduado escolar que les ayudará a conseguir trabajo cuando salgan de prisión.
Como trabajadora en un centro de rehabilitación, Mari Ángeles se encuentra con muchos drogadictos llegados directamente de prisión o que han pasado por ella en algún momento de su vida. El centro consiste en 60 personas aproximadamente, la mayoría de las cuales han sido adictas a la cocaína, aunque también las hay adictas al alcohol, heroína y distintas pastillas. Teresa describe su trabajo como una ayuda a los adictos a través de “una recuperación física, mental y espiritual”.
Mari Ángeles, a diferencia de Teresa, no trabaja con grupos y su trabajo es más terapéutico que educativo; aunque es posible que un individuo necesite ayuda con la lectura y la escritura. El centro utiliza psicólogos y terapias que ayudan a los adictos a dejar el consumo de drogas. Mari Ángeles nos comenta que todas las personas que se encuentra en su trabajo, de todas las edades y estatus socioeconómicos, son extremadamente agradecidas por la ayuda que reciben. La actitud que muestran es siempre positiva y se sienten motivadas a ayudarse a ellas mismas y a las demás.
Teresa opina lo mismo y comenta que lo esencial es educar a los presos de forma que puedan integrarse satisfactoriamente en la sociedad. “Son capaces de mejorar, pero no saben cómo”. Sin embargo, añade que no todos sus estudiantes están ansiosos por aprender: “Depende del día”. Tanto aquéllos que están aprendiendo a leer y a escribir como los extranjeros que aprenden una nueva lengua están muy entusiasmados por el hecho de recibir una educación, explica Teresa.
Reunir a los presos en una clase o tratarlos de forma individual, no es la única forma en la que España trata con los criminales. El término “reeducación” usado en la Constitución implica la disponibilidad de un cierto número de actividades que les permitirá a los reclusos recuperarse con eficacia. La oportunidad de hacer deporte es un ejemplo de ello, y también, una manera saludable para aliviar las emociones acumuladas o aprender sobre el espíritu deportivo.
José Bernalte, ahora profesor de educación física en la Universidad de Sevilla, fue profesor de dicha asignatura y coordinador desde 1991 hasta 1999 en lo que es hoy Sevilla-1. Su trabajo consistía en diseñar, organizar y poner en práctica todas las actividades deportivas en la cárcel. La prisión está provista de dos campos de fútbol, cada uno con una pista de 400 metros, uno para la zona de detención preventiva y otro para el edifico de los presos con condena, así como una sala de máquinas. A los reclusos se les permite jugar a fútbol, baloncesto y voleibol.
“Salir a la pista a hacer deporte era una forma de liberación para los reclusos”, recuerda. “Podían aliviar tensiones sociales tanto de la prisión como de sus familias”.
José hace hincapié en que él y los demás coordinadores trabajaban para darles a los presos una educación deportiva que pudiera inculcarles valores. Entre las características en las que se centraban se encontraban: respeto por los demás, responsabilidad por sus propias acciones, amistad y respeto por las normas.
Además, empezando en 1993, José organizó un programa con la Universidad de Sevilla que permitía a los estudiantes ir a la cárcel y participar en una serie de juegos organizados contra un grupo de reclusos cinco o seis veces al año. Esto, comenta José, les daba a los internos la oportunidad de interactuar con iguales fuera de las paredes del recinto.
“Eran capaces de demostrar que podían integrarse de nuevo en la sociedad a través de los deportes”, añade. Los juegos divertían y beneficiaban también a los estudiantes universitarios, la mayoría de los cuales volvían por segunda vez a jugar con los internos. “Era una buena experiencia para ambos bandos”.
También ayudó a organizar la primera semi-maratón de las prisiones andaluzas en 1994 y celebradas desde entonces el día de Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de los presos. Los 21 kilómetros que los participantes tenían que correr se conseguían al darles 20 vueltas a los dos campos de fútbol que la prisión había combinado. “Incluso trajimos a jueces deportivos oficiales para darle al evento mayor seriedad”, dice José.
Aunque José, Mari Ángeles y Teresa han trabajado en contacto directo con convictos, consideran que debe mantenerse una cierta distancia con las personas con las que trabajan. “Debes ser capaz de separar el aspecto humano de tu trabajo del aspecto profesional”, explica Mari Ángeles, y añade que normalmente es difícil hacerlo. “Tienes que ir con cuidado”, nos cuenta Teresa. “Es difícil de evitar, porque muchos de ellos son personas estupendas pero no es algo que deba hacerse”.
Cuando les preguntamos sobre la efectividad del sistema penitenciario, Teresa nos comenta que existen problemas difíciles de reformar, como la falta de psicólogos profesionales. Pero el obstáculo también recae en el hecho de que sus alumnos no saben nada sobre cómo trabajar. “Es complicado saber si el problema es el sistema o la sociedad de la que vienen mis estudiantes”.
Mientras tanto, José pide una educación más intensiva en prisión. Cree que las oportunidades que existen ahora para leer y escribir son las adecuadas y los profesores excelentes. Sin embargo, enfatiza el hecho de que no es lo suficientemente efectivo porque aún existe una gran cantidad de analfabetos. “Debería obligárseles a aprender a leer y a escribir antes de que dejen la cárcel”, recomienda. “Esto debería ser un requisito imprescindible para que así puedan adaptarse a la realidad cuando se vayan”. Considera que tal requisito motivaría a los presos muchísimo a alfabetizarse.
Además de esta educación intensiva, insiste en que los problemas con las drogas y la violencia podrían terminarse centrándose en los jóvenes y dándoles mucha más atención psicológica y emocional.
El profesor de educación física cree que la sociedad tiene un efecto importante en los problemas que llevan a la encarcelación. Considera que muchos niños crecen en hogares que carecen de cariño lo que conduce inevitablemente a los adolescentes a perder su camino. El aislamiento durante la infancia, recalca José, los empuja rápidamente a la violencia y al consumo de drogas.
“Si no le enseñamos a nuestro hijos a amar, será difícil encontrarnos en una sociedad en la que no existe la violencia”, dice. “Falta amor en nuestra sociedad, mucho amor”.
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